Bruselas, Gante y Brujas, estos son los tres grandes destinos clásicos y básicos para cualquier persona que quiera viajar por primera vez a Bélgica. Tres lugares preciosos, llenos de vida, y de turismo, de monumentos famosos, de calles populosas, y rincones preciosos, o recovecos, como dicen en la película Escondidos en Brujas, que bien podría ser un vídeo de turismo del mismísimo ayuntamiento de la ciudad, si no fuera porque a uno de los protagonistas le parece «un estercolero». En cualquier caso es un drama divertidísimo, bien dirigida y magníficamente interpretada por todo el elenco.
Bueno, vuelvo a la realidad, que me pierdo por el celuloide.
Si queréis consejos viajeros para estos tres puntos belgas, tenéis mil millones de blogs. Si lo que queréis son más sensaciones, las palabras coloreadas del inicio de este post son enlaces a mis post antiguos. Y si queréis conocer un recorrido alternativo por Bélgica, quedaros aquí.
Empezaré por el sur.
Lindando con Luxemburgo está la que dicen es la carretera más bonita del país.
Estrecha, sinuosa y poco transitada durante las santas vacaciones de abril, aunque intuyo que en verano hay más tráfico. Lo digo porque me encontré con señalética que advierte a motoristas de la peligrosa presencia de otros vehículos y a quienes conducen esos otros vehículos de la presencia de motoristas. En cualquier caso, una carretera bien bonita que podéis ver en mi vídeo del viaje.
Bouillon, Rochehaut y Vresse-sur-Semois son los tres enclaves claves en esta carretera. Y para quienes disfruten de la cerveza, en Rochehaut hay una fábrica maravillosa donde comer y beber con unas preciosas vistas de la región.
Muy cerquita de allí está la abadía de Orval, lugar de peregrinación para fieles de la diosa Ceres. Aquí se fabrican dos únicos estilos, uno de los cuales, la Orval Vert, también llamada Petite Orval, solo se puede beber en el bar de la abadía (aunque está fuera del recinto). Bueno, no es del todo cierto. También se embotellan y algunas llegan a este lado de los Pirineos.
Aunque no te guste la cerveza, la abadía es digna de visitar, con una zona en ruinas, otra museística y otra a la que solo se puede acceder si se pretende pasar una temporada de retiro espiritual.
Durbuy es un destino muy popular entre los belgas, sobre todo en verano.
En el sureste de Bélgica hay un pequeño pueblo llamado Durbuy con una escasísima población habitual fuera de las fechas estivales. Es un enclave muy cotizado por su precioso casco histórico empedrado y por su ubicación perfecta para realizar trekkings o salidas en bicicleta. Pero esto solo se da en verano. A principios de primavera, e intuyo que en invierno y otoño, aquí casi todo está cerrado, lo que puede ser un aliciente para muchas personas, incluido yo. Además, a escasa media hora hay dos fábricas de cerveza de reciente creación y gran interés para degustar cerveza belga fuera de los estilos propiamente belgas.
Llegados a este punto, por si no os habíais dado cuenta ya, tengo que decir que mi recorrido por la Bélgica alternativa tuvo en cuenta casi exclusivamente algunas fábricas de cerveza que quería visitar. Pero no cerréis la página todavía, porque, este país tiene mucho que ofrecer hasta a las personas abstemias. Aunque es justo insistir en que aquí la cerveza es mucho más que una deliciosa bebida, es cultura, es vida y desde 2016 es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.
Para quienes tengan interés, las fábricas que visité desde Durbuy fueron: Elfique, donde me han informado de que se come genial, Misery, ubicada en una especie de casa palaciega preciosa, y un poco más al este, Peak, con una zona de restaurante perfecta para tirarse allí todo el día. Ojo con los días de cierre y los horarios.
Mechelen es una ciudad pequeña de corte típico situada entre Bruselas y Amberes.
La parte histórica de Malinas (su nombre en castellano) se recorre a pie tranquilamente. Está empedrada y surcada por canales, algunos navegables y otros esquivos (hay canales que desaparecen de manera abrupta para aparecer algunos metros, casas o carreteras más adelante).
Aquí, se puede disfrutar de esa arquitectura tan particular que tienen en esta parte de Europa, donde las fachadas de los edificios parecen decorados recordados con tijera sin punta. Y, lo mejor, es que se puede disfrutar sin la masificación que sufren Bruselas, Gante y Brujas. Además, aquí, y no en estos otros tres lugares de la clásica Bélgica, está la fábrica Het Anker, conocida sobre todo por su marca Gouden Carolus, deliciosas cervezas de estilo tradicional belga.
Esta fábrica tiene el gran detalle de tener un hotel en sus instalaciones para que la expresión de aquí a la cama se convierta en una realidad en toda regla.
Desde Mechelen se puede llegar a pie hasta una fábrica ubicada en una antigua iglesia llamada Batteliek con una amplia variedad de cervezas, algunas muy buenas y otras excelentes, como la Het Gewonnen Vat, una Belgian Strong Dark Ale que más bien parece una perfecta barley wine. Y si os sorprende que una fábrica de cerveza esté en lo que fue una iglesia, recordad que en Bélgica la cerveza tiene más fieles que cualquier religión.
Unos pocos kilómetros más allá, está la fábrica de Duvel, de dimensiones descomunales y producción industrial, pero con una muy buena calidad. Se pueden hacer visitas a la fábrica y beber en su taproom. Mirad los horarios porque yo solo pude entrar en su tienda, de la que salí con un buen botín de cervezas y recuerdos varios.
Otro punto interesante para amantes de las cervezas trapenses es Westmalle, pero antes, una parada en Amberes.
Amberes es la segunda ciudad más populosa, tras Bruselas.
A pesar de su tamaño e importancia económica e histórica, Amberes no suele estar dentro de los circuitos turísticos clásicos de Bélgica. Se la considera muy industrial, moderna o, directamente, fea, pero a mí no me lo pareció.
Sus calles retienen muy bien el pasado y sirven para rodar películas ambientadas en la Segunda Guerra Mundial. La verdad es que estos parajes europeos son como escenarios cinematográficos perfectos.
Y con estas fotos lo confirmo; me topé con un rodaje que me tuvo un rato inmovilizado, sin poder avanzar por donde quería y en silencio. No me importó; aproveché para sacar una fotos y ver cómo se trabaja en un producción de estas características.
Dejarse llevar por el instinto te permite ver cosas que no están marcadas en ninguna guía. Y en Amberes te puedes encontrar con puertas de acceso a edificios, no demasiado llamativos, con una decoración de tal voluptuosidad que enamora.
Y esto es lo que está, pero también lo que no está resulta atractivo. De eso se encargan los estamentos públicos. Como el muro perdido que circunvalaba la ciudad en tiempos pretéritos.
Me gustó cómo estaba marcado en el suelo el espacio que una vez ocupó, pero me gustó aún más cómo los edificios de más reciente construcción se tragaron sin piedad lo que el mundo actual considera un indispensable en las ciudades y el turismo.
Y para cerrar este post sobre la Bélgica alternativa, tengo que decir que la estación de tren de Amberes merece un hueco en las ajetreadas agendas turísticas, aun no teniendo que viajar con este medio.
Es una maravilla de la arquitectura y la economía sin miramientos. La verdad es que me gusta mucho más ver el lujo en espacios públicos como este, que en los palacios privados de las elites.
Ah, sí, se me olvidaba hablar de Westmalle.
Desde Amberes hasta esta fábrica trapense de Westmalle hay algo más de media hora en coche. ¿Merece la pena ir? Pues no, francamente. La fábrica y la abadía está rodeada de un muro que ni borracho se puede franquear y el espacio que han construido para dar de comer y beber (a un kilómetro de distancia) tiene un aire entre cafetería chunga y geriátrico que no anima.
Una lástima porque la triple de Westmalle es una de mis cervezas favoritas de siempre.
En la otra punta del país, frontera con Francia, en el noroeste, existe una zona llamada Vleteren que, esta vez sí, bien merece una visita.
En Vleteren están dos de las cerveceras más famosas: Westvleteren y St. Bernardus.
La que ha sido considerada como la mejor cerveza del mundo, la Westvleteren, tiene aquí su abadía, su fábrica y su taproom de peregrinación. Muchas personas interesadas en la cerveza belga vienen hasta aquí para comprarla.
Hasta hace muy poquito, la prohibición de llevarse más de 6 botellas por persona, la negativa de los monjes trapenses a exportar y el altísimo precio de sus cervezas (cuatriplicando el PVP de otras) la han hecho objeto de deseo. A mi modo de entender, esta reacción es exagerada. Su cerveza Abt, o también conocida como Westvleteren 12, es buena, pero no es mucho mejor que otras quadrupel. Ni siquiera es mejor.
En St. Bernardus se puede encontrar un Abt 12 de la misma calidad o más, por mucho menos precio. De hecho, durante muchos años, Westvleteren fabricó en las instalaciones de St. Bernardus, hasta que en 1977 dejaron de hacerlo; año en el que se estableció la obligación de fabricarse en las instalaciones de la abadía para ser considerada oficialmente «cerveza trapense».
Entonces, St. Bernardus continuó su elaboración, con la misma receta, pero bajo otro nombre. Hoy, St. Bernardus tiene una fábrica, restaurante y hotel junto a los campos de lúpulo de la zona, que lo hacen muy atractivo para cualquier amante de la cerveza y del turismo en general.
Además, un poco más al norte de estos campos, casi en la costa, hay un precioso pueblo llamado Veurne. Perfecto para pasar unas horas andando por su casco antiguo, deleitándose con sus preciosas fachadas, su amor por el ciclismo o simplemente bebiendo una cerveza en una de las terrazas de la plaza mayor.
¡Salud!