Han pasado dos meses desde que volví de mi viaje por los países bálticos y mis ganas por hablar de él se desvanecen. Como siga así acabaré por olvidar todo lo vivido y creo que ni Lituania, ni Letonia ni Estonia se lo merecen.
Me pongo manos a la obra con la intención de perpetuar en mi memoria aquel encuentro fortuito con un Lenin pétreo, la visita a la fábrica de cerveza a las afueras de Tallin, los chapuzones en el dulce río de Kuldiga, aquella tarde soleada en la isla de Saaremaa bebiendo una Koduolu y la mañana lluviosa en el centro del cráter que un meteorito diseñó. Me acuerdo ahora también de los hangares de zepelines reconvertidos en un mercado en Riga o de la enorme cantidad de edificaciones art nouveau que había por sus calles.
Voy por el buen camino. Estoy recordando cosas de los lugares en los que estuve. Aunque, a decir verdad, recuerdo más el trayecto en moto desde mi casa hasta Tallin que los propios lugares visitados. Algo está pasando en mi cabeza. Disfruto casi más del trayecto que de la estancia. Esto me lleva a preguntarme ¿qué hace memorable a un lugar? ¿Es memorable el destino o el viaje? No voy a responder, por lo menos por ahora.

Continúo escribiendo mientras recuerdo o recordando mientras escribo; no lo tengo claro.
Pasaron cinco días, ocho países y tres mil quinientos kilómetros hasta que llegué a Tallin por carretera. Subido a mi moto y acompañado por mi fiel compañera, Eva, llegué a la capital de Estonia con el firme propósito de beber la mayor cantidad de cervezas posibles.
Ya, suena banal, impropio de un viajero y hasta irresponsable, pero la cervecera Pohjala es la meca de todas aquellas personas a las que les gusta la cerveza negra de alta graduación. Lo más común son las llamadas Imperial Stouts. En el mundillo se las conoce como petróleo, por su color y densidad, y, también me atrevería a decir, por lo que cuesta el barril, mucho más de lo que cuesta el crudo en tiempos de guerra. La cuestión es que no era beber cantidad, sino calidad y probar todos esos elixires que crean allí. Bueno, a decir verdad, parece que también era beber cantidad.

Tal vez, esto, que a mí tanto me interesa, a ti te resulte completamente superfluo, pero la experiencia gastronómica es para mí tan importante como la arquitectónica. Y he de decir que incluso la comida en esta fábrica es de gran calidad. Tiene su mención en la guía Michelin desde mediados de 2026. Tú verás si piensas que soy un puto borracho o un entusiasta del mundo culinario.
Y ya que me he metido en la cocina, en Tallin y en el resto de los países bálticos, la comida se restringe a unas pocas recetas repetitivas y calóricas, y entre ellas está el schnitzel, que aunque sea originaria de Austria se ha extendido por toda Europa. Ahora se encuentra en cualquier local y de cualquier calidad. Ojo con esto.
Tallin puede llegar a defraudar, si lo que se espera es pasear por las páginas de un cuento de los hermanos Grimm.
Su casco antiguo se lee con mucha rapidez y solo la gran cantidad de turistas evita que lo cruces de punta a punta en menos de 15 minutos. Como se suele decir, sabe a poco. Pero no hay que dejarse abatir por el imaginario prejuicioso. Alrededor de este espacio existen otros estimulantes.


La antigua zona portuaria, donde se concentraban los almacenes, se ha rehabilitado siguiendo los cánones noreuropeos, es decir, ladrillo caravista de rojo desgastado, antiguos brazos y poleas visibles e inservibles para el negocio actual y tiendas de ropa de marca y restaurantes pijos. Todo muy bonito. Todo muy artificial. Mis sentimientos de amor y odio entablan conversación a menudo en lugares así.
Paralelos a la costa, en dirección oeste, existen aún vestigios de la Unión Soviética sin tocar. Repudiados y olvidados, ahora se muestran avergonzados. Están despojados de toda dignidad por una población que, al parecer, nunca les quiso, ni siquiera cuando expulsaron a los nazis.
Un buen ejemplo es el Linnahall, el Palacio de Cultura y Deportes V.I. Lenin, construido para las olimpiadas de Moscú 1980, un edificio brutalista que ahora permanece desnudo y escuálido.

No lejos de allí, con vistas al Báltico, han levantado monumentos que homenajean al capitalismo. Pisos particulares solo accesibles a grandes bolsillos, con terrazas con más metros cuadrados que cualquier vivienda media.
Y entre un lugar y otro me tropecé con una estatua de Lenin caída, de bruces, o tirada, quién sabe, sin que casi nadie reparara en ella. ¿Quién es ese? susurraba la brisa del mar.

Ir a pie hasta la cervecera Pohjala, levantada en una zona degradada y poco a poco rehabilitada por negocios que buscan suelo asequible, tiene otro punto fuerte a su favor. Llegar hasta ella te hace pasear por el extrarradio de la ciudad y descubrir, para regocijo particular, edificios de madera supervivientes al hormigón y al paso del tiempo.


Hay otra zona interesante en Tallin. Justo al otro lado de las vías del tren. Resulta paradigmático que una infraestructura que sirve para unir puntos distantes entre sí provoque también el distanciamiento entre los barrios que quedan a un lado y a otro.
Telliskivi ha sido por muchos años el barrio proscrito.
Ahora, con espacios de arte, deportivos, mercados, bares y restaurantes se reconcilia con la gente local y anima a las personas foráneas a dejarse caer por allí. Tengo que reconocer que a mí este lugar me ofrece dos de las cosas que más quiero: cerveza de calidad y fotografía. Una lástima que el Fotografiska Tallinn sea un museo privado y haya que pagar tanto por una entrada. A pesar de esto merece mucho la pena. Hay bastantes obras y muy diversas y todas ellas con un gusto expositivo innegable.

Y hasta aquí mis memorias de la capital mundial del petróleo -del que se bebe- o la capital de Estonia. Son las memorias que puedo contar, porque siempre hay más, y más personales, que uno debe guardárselas para sí mismo.