Estambul desde la distancia

La vida del turista es irónicamente dura. Se levanta temprano, entre otras razones, para no perder el desayuno incluido. Sale a la calle cargado con cámaras, móviles, botellas de agua, mapas callejeros y otros útiles en ocasiones bastante inútiles. Guarda cola, a veces paciente y, otras, impacientemente ante los grandes monumentos y museos. Permanecer de pie durante largo rato no es nada bueno para las articulaciones, y, para rematarlas, de golpe y porrazo llega su turno y comienza a caminar entre cuadros, esculturas, joyería y menaje del hogar antiguo. Pasea, y a veces corre, todo el día de un edificio de referencia a otro. Va de tiendas de souvenir y busca con ahínco las cafeterías con encanto que han alabado los bloggers más top. Se pelea con otros turistas por la mesa con vistas que hay en ese local apartado y que la Lonely Planet asegura es un remanso de paz. No echa siesta, porque es perder el tiempo, escaso tiempo que uno tiene para conocer a fondo el lugar. Busca el recuerdo más auténtico, el que nadie más se llevará consigo, el que cuesta una pasta, pero no importa, porque jamás volverá a tener una oportunidad como esa de contar cómo lo logró, y cuando lo compra lo ve dos tiendas más abajo con un precio más bajo. Busca un nuevo local, esta vez para cenar. Sabe que hay uno al otro lado de la ciudad, donde comen los de allí y que para llegar a él lo mejor es coger el transporte que cogen los de allí. Al llegar allí dos horas, cuatro transbordos, dos de ellos fallidos, una fuerte discusión con la pareja y 30 minutos después, cena el plato recomendado a un precio poco recomendable. Regresa al hotel más cargado aún de lo que estaba al salir. Y, mientras la pareja con la que discutió se ducha, lucha con la señal del WiFi.

Sí, definitivamente, la vida del turista es irónicamente dura. Y hay un lugar en el mundo donde lo es aún más: Estambul.

Cúpulas Alucinación El transporte del emir

En Estambul, cada noche a las 5 am, el turista se despierta sobresaltado por un aullido o una saeta o el grito del periodista deportivo local cantando el gol ganador que llega en el último segundo del tiempo añadido. Tarda en reaccionar y en comprender que es la llamada a la oración. Suena tan fuerte que parece que el megáfono está metido en su habitación. Se pregunta si habrá posibilidad de cambiar de hotel para alejarse de los minaretes, pero es físicamente imposible. Hay más mezquitas que hoteles. Cuando se da cuenta de ello la llamada ha acabado. Toca volver a dormir, un poco más, hasta que llegue la hora del desayuno incluido.

Lanzas

No puedo asegurar con absoluta certeza que yo no sea como cualquier otro turista, pero puedo decir que cada vez me siento más incómodo en este papel. En Estambul me sentí así y, entre otras ocasiones, solo disfruté de la ciudad cuando me alejé de ella.

Desde la distancia

A mí, los nombres de ciertos lugares me parecen más grandes que los lugares en sí. Bósforo es uno de ellos. El estrecho de Estambul, el que separa a Europa de Asia, el que une al mar Negro con el mar Mármara, me embauca como una novela de Javier Reverte. Así que, cogí un ferri de línea y, mientras me alejaba de la enorme metrópoli, disfruté como no lo había hecho desde que llegué a la antigua Constantinopla.

Transvisión Naturaleza Fascinación ¿La vida es rosa? Yo estuve allí

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