Viajar por Provenza con una cámara de fotos (3 de 3)

Publicado en Arlés, Canon, Fotografía, Francia, Lomografía, Provenza, Viajar el May 2nd, 2012 por diegojambrina

Parte I
Parte II

Canon450D y Mini Diana Lomography

Hay un pueblo en Provenza que merece un post para él solo.

Cuando el loco del pelo rojo llegó allí, se dio cuenta de que aquel era el lugar perfecto para pintar. Luz. Luz. Y más luz. Vincent Van Gogh pintó en Arlés muchos de sus mejores cuadros. Su creatividad se desató gracias a su locura y a la luz. Hoy, este maravilloso lugar es sede de uno de los festivales de fotografía más importantes del mundo. Otra vez la luz.

Felix Nadar afirmó que “fotografiar es pintar con luz”. No pudo ser más exacto al definir así este arte. Seguro que él y Van Gogh se hubieran entendido bien.

Muchos años después, Arlés sigue siendo luminoso. Si se tiene la suerte que yo tuve con el tiempo, se puede disfrutar de estupendos paseos por las estrechas calles o plácidas caminatas por la ribera del río Ródano. Así, paso a paso se acaba llegando a un punto en el que Vincent clavó su caballete e inmortalizó el Puente Langlois como sólo él ha sabido hacerlo.

Yo, inspirado por su mirada, retraté el puente con tres exposiciones sobre un mismo espacio del negativo. Tengo otras fotos realizadas con la cámara reflex digital, pero no conseguí captar ni la luz ni la locura mejor que con la Mini Diana de Lomography: una cámara analógica de plástico, con objetivo de plástico, de 49€. Además, para potenciar los colores y el contraste usé un carrete de diapositiva, el Kodak Ektachrome de ISO 100, e hice un revelado cruzado, es decir, se utilizó una solución química destinada al revelado de negativo fotográfico.

El loco del puente

Llegar hasta el puente es bien fácil; basta con seguir las indicaciones que hay por el suelo. Unas pequeñas flechas facilitan un recorrido que te lleva hasta los diferentes puntos donde Van Gogh encontró un motivo que pintar.

Podéis acercaros a la oficina de turismo. Allí tenéis, gratis, un mapa con unos diez lugares a los que ir. Si eres un apasionado del pintor holandés, como creo que ya habréis averiguado que soy yo, es un recorrido que no debéis perder. Pero aún no siéndolo, podéis seguirlo de igual modo porque te lleva por muchos lugares interesantes.

El loco del puente

Uno de esos lugares es Las Arenas de Arlés, un anfiteatro romano colosal, casi tanto como el de Roma, con capacidad para 25.000 espectadores. Deslumbra por su buena conservación, pero, sobre todo, por su tamaño y el entorno en el que está, rodeado por casas humildes y de poca altura.

Arlés, provenzal y romano by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

En cierto modo, Arlés me recuerda a Mérida, porque andando por sus calles te encuentras de golpe y porrazo con una ruina romana, y eso emociona.

Pero en Arlés, además de poder ver el anfiteatro, los baños, el teatro, las murallas, las puertas de acceso a la ciudad y las calzadas de la época romana, el resto es también maravilloso. Me encantan sus calles, sus casas, sus contraventanas, el color amarillo y azul… Hasta los árboles sin hojas y a tono con las consecuencias del paso del tiempo son perfectos para fotografiar.

Luz y color en las calles de Arlés by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

Y si por si eso fuera poco, los interiores oscuros de las iglesias iluminan la imaginación del fotógrafo permitiendo captar el arte, la historia y los siglos. Los objetivos que llevo con mi Canon y el ISO que permite la propia cámara no son suficientes para operar en el interior de una iglesia, pero en este caso los escasos rayos de luz dramatizan la escena y ayudan a transmitir la historia mucho mejor.

Aún hoy, las cabezas de las esculturas religiosas permanecen decapitadas. Muestran el hastío del pueblo por siglos y siglos de opresión, hambruna y arrogancia de la iglesia católica. Con la llegada de la revolución, la gente se desquitó a golpe de martillo. Curioso que fuera con martillo y golpes como se crearon estos símbolos religiosos y que fueran también martillos y golpes lo que las destruyeran.

Decapitaciones en la iglesia by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

¿He dicho hambruna? Pues hambre, hambre, lo que se dice hambre, en Arlés no tienes porqué pasar. Claro que sin dinero no hay nada que hacer. Bueno sí que lo hay. Sacar fotos a diestro y siniestro. Y, como no podía ser de otra forma, utilicé la Mini Diana que ya conocéis para captar esos fabulosos colores del mercado de Arlés.

Y entre foto y foto, picoteo.

Y para acabar mi viaje por la Provenza francesa, tengo que aconsejaros una parada en la autopista. Porque también en las autopistas hay cosas dignas de fotografiar. Andad atentos justo antes de llegar a Carcasona e id mirando a vuestra derecha. Mejor que lo haga el copiloto. Hay una área de descanso resguardada con altos y frondosos árboles del ruido del tráfico y abierta por el otro lado a un viñedo con el casco antiguo y amurallado de Carcassonne. Esto es lo mejor de este pueblo, pero también es interesante dedicar un par de horas a caminar por sus intramuros.

Carcassonne by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

Viajar por Provenza con una cámara de fotos (2 de 3)

Publicado en Aviñón, Cassis, Fotografía, Francia, Fujifilm X100, Viajar el April 23rd, 2012 por diegojambrina

Parte I
Fujifilm X100

Me resulta difícil no encontrar nada bueno de un lugar y a pesar de todo lo malo que vi, sentí y olí, Provenza es una región digna de visitar. Así lo creo yo y así lo creen los millones de personas que pasan por sus tierras cada verano, cada semana santa, cada puente, cada fin de semana. Y es que para los catalanes es un paseo en coche llegar hasta allí. De hecho, te preguntan: ¿Catalanes o españoles? Os imagináis la respuesta ¿verdad?

Hoy, sigue habiendo miedo a las invasiones. La inmigración se deja notar en esta región y si los indígenas no levantan muros de piedra es porque no están en Israel, claro. También es cierto que se ven grupos donde la mezcla es evidente y celebrada.

Decía lo de los muros de piedra porque muchos de los pueblos de Provenza están construidos al amparo de un grueso y alto muro. Algunos de ellos incluso sobre peñascos para hacer más difícil la invasión y fácil la defensa. Hoy no tienen nada que hacer. Los turistas atravesamos los muros, pagamos por subir a ellos e incluso por entrar en un puente que no tiene salida, como el Pont St-Bénézet de Aviñón.

Las riadas se llevaban constantemente los arcos del puente, y en 1660 se cansaron de reconstruirlo. Hoy, previo pago, puedes pasear por lo que queda, pero francamente, es preferible verlo desde las alturas o desde el otro lado del Ródano.

Puente que no tiende en Aviñón by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

Una construcción más sólida que el puente es el Palacio de los Papas. Se levanta sobre cimientos naturales de piedra viva, lo que originó callejuelas caprichosas aprovechadas hoy por fotógrafos y músicos acústicos. Sí, lo sé, no se ve a nadie tocar, pero, creedme, a la vuelta de esa esquina se apostaba un guitarrista con arte en sus manos y cara de muy pocos amigos.

Pasaje  by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

En nuestros tiempos, ya no se levantan ni palacios ni castillos, pero aquí a alguien se le ocurrió levantar un jardín. Así, tal cual suena. La fachada del mercado de Aviñón es uno de los pocos jardines verticales que existen en Europa. Y la verdad, resultan interesantes de ver, sobre todo, cuando los jardineros se cuelgan con arneses de escalada para podar las rosas o se elevan con una grúa.

Aquí tenéis la foto de la fachada. Y si buscáis con paciencia encontraréis a dos jardineros colgados en la parte derecha de la imagen. Y si sois algo críticos podréis ponerme a parir por tan desastroso encuadre. El gran Tino Soriano, uno de los fotógrafos más importantes, aconseja en su libro Foto a foto (altamente recomendable), utilizar la técnica del dedo: cuando tienes que usarlo para guiar la atención del público sobre un detalle de la fotografía es que esa fotografía no es buena. Y éste es un claro ejemplo de ello.

Jardín vertical en Aviñón by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

Para compensar, tengo otra foto que sí me parece está bien compuesta y para la que sobran dedos para explicarla. Sencillamente porque no tiene demasiada explicación. Las curvas de esta escalera de caracol iluminada artificialmente, más parece una cala natural iluminada por el sol. Es un detalle del hotel de Aviñón en el que estuvimos alojados: céntrico, limpio, sencillo, con personal amable, restaurante y donde te hacían descuento del 20% en el parking público más cercano. Ya veis, todo detalles.

Arquitectura natural by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

Y aunque hay cosas interesantes sin salir del hotel, lo mejor es coger la cámara, olvidarte el callejero en la habitación y pasear por las calles sin rumbo fijo. Sólo así te toparás con lo que no te esperas, te alejarás de los espacios masificados y te cruzarás miradas con señoras del lugar.

Este consejo vale para Aviñón, para Orange, para Marsella, para Manosque y para cualquier otro lugar de Provenza. Incluso, me atrevería a decir que para cualquier lugar del mundo.

En este caso, la calle está en el casco antiguo y amurallado del pueblo Manosque. Un lugar al que le guardaré simpatía por sus calles soleadas, señoras amistosas, mercados coloridos y amenizados con música en vivo y señores interesados en comprarme mi querido clásico del motor.

Paseando por las estrechas calles de Manosque

Otro pueblo interesante por donde pasear es Vaison La Romaine.

Las calles, contra todo pronóstico, de este turístico pueblo medieval estaban casi vacías. Las empinadas cuestas y el tiempo inestable fueron dos aliados fantásticos para disfrutarlo sin agobios.

Como en casi todos los pueblos que visité, hay dos zonas bien diferenciadas: una, la histórica, la que se levantó sobre un peñasco. La otra, la que creció tras los muros. Lo lógico es que sea la primera la más interesante que visitar, pero la mayoría de los turistas se quedaban en la parte baja, paseando por las calles llanas llenas de tiendas de souvenir. Eso me permitió subirme, sin miradas desaprobadoras, donde no debía para lograr una toma interesante y sacar partido a las distancias cortas con la Fujifilm X100. Se dice que esta cámara no es precisa y que cuesta enfocar, y es cierto, pero basta con activar el macro y utilizar la pantalla para encuadrar, para que esto no sea ningún problema. Algunos utilizan el modo de enfoque manual, pero mientras sujetas la cámara con una mano y mantienes el equilibrio con la otra esta opción no sirve.

Vaison La Romanie

Marsella fue también un pueblo construido sobre una pendiente. Al pasear por sus empinadas cuestas del casco antiguo te das cuenta de ello.

Esta es la mejor zona por la que estar. Aquí se encuentran todos los atractivos de esta ciudad: suelo empedrado, calles estrechas, casas de color claro con contraventanas de colores, niños jugando sin miedo al tráfico, plazas con terrazas donde descansar los pies y activar el bolsillo, artistas trabajando a la luz del sol… Cuatro horas entretenidas.

Terrazas en el casco antiguo de Marsella

Al otro lado del puerto, Notre Damme de la Garde, una basílica situada a 162 metros de altura, desde donde se ve toda Marsella, si consigues mantenerte en pie, claro. El día que elegimos para subir hasta allí, el viento era muy fuerte a nivel del mar, pero allá arriba hacía un viento de mil diablos. Una vez arriba no debéis dejar de entrar en la basílica. El panteón carece de todo interés, pero la basílica es un sitio brillante. Sobre todo sus cúpulas, desde donde cuelgan barcos como ofrenda de los marineros marselleses. Algo muy curioso y que sólo había avisto antes en la iglesia de Getaria. Un bonito pueblo guipuzcoano al que no hay que dejar de visitar. Cuando vayáis, pasad por el bar/restaurante Iribar y disfrutad de un buen pescado a la parrilla y txakoli.

Los barcos cuelgan del techo colorido de Notre Damme de la Garde

Ops, he acabado el post de Provenza invitando a la gente a ir a Getaria.

Viajar por Provenza con una cámara de fotos (1 de 3)

Publicado en Aviñón, Cassis, Fotografía, Francia, Fujifilm X100, Marsella, Provenza, Viajar el April 17th, 2012 por diegojambrina

Fujifilm X100

La Provenza es tranquila y caótica, luminosa y oscura, encantadora y odiosa. Hoy, voy a hablar del caos, de la oscuridad y del odio. Dejaré para una segunda parte las buenas palabras, las que servirán para generar envidia y despertar el deseo de recorrer kilómetros y kilómetros franceses plagados de peajes abusivos. Pero ahora toca hablar de la suciedad, del alcoholismo, del olor, del mirar atrás.

Precisamente fue en Aviñón donde no quise mirar atrás cuando se me llamaba con insistencia: Monsieur, monsieur, une photographie! Es el sueño de todo aficionado a la fotografía; ir paseando por la calle y que la gente te pida posar para ti. Pero esto no podía ser, había truco. Al girarme me encuentro con un grupo bien numeroso de personas sintecho, pero conbricks de tinto. Uno de ellos, el portavoz, me pidió que les hiciera una fotografía. Bien, por qué no. Ya que habían logrado pararme debía aprovechar la circunstancia. Yo pensaba: Tú haz la foto, piensa en el blog, y luego si tienes que correr, corre. Seguro que tienes el hígado más sano que ellos y no tardarán en explotar. Pero uno de ellos al ver lo que yo tenía en la mano dijo que ni hablar. Mi gozo en un pozo. Me quedé sin foto para abrir este post. ¿Pero qué fue lo que les echó para atrás? ¿Mi Fujifilm X100? Seguro que pensaron que era una reliquia del pasado analógico. En fin.

Así que, debo abrir este post con otra fotografía. Una foto de unos personajes que sí se dejaron fotografiar. Quietos, sin respirar, enrejados… y siniestros.

Juguetes tétricos entre rejas en Aviñón

Por las calles de Aviñón puedes encontrarte con personajes de muy diferente categoría: los ya mencionados sintecho, muñecas que encierran un pasado sin testigos (bueno, tal vez el oso sepa algo), numerosos grupos de estudiantes juveniles, numerosos grupos de turistas japoneses y procesiones, sin capirotes, pero con siniestras canciones, pasos lentos, cruces pesadas y velas tan largas como lanzas que provocan tortuosas sombras en las caras de quienes las portan. Y yo que pensé que me libraba de los movimientos religiosos al cruzar la muga. Menudo susto con esto de la semana santa. Además, hay que añadir mucho alcoholismo callejero. Tal vez sea por la falta de bares donde poder beber sin ofender a los transeuntes.

Sí que hay cafeterías y restaurantes, ¿pero bares o pubs?, no fuimos capaces de encontrar ninguno. Acabamos bebiendo en Tapaslocas, un local que trataba de recrear el ambiente de picoteo español. El mojito era la bebida estrella y las tapas tenían precios de alta cocina. Un nuevo fiasco de las recomendaciones de la guía Lonely Planet.

Terrazas en Aviñón by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

Por lo noche, Aviñón, como muchas otras ciudades de Provenza, no tiene lugares a los que ir. Las calles están desiertas y las dudas sobre lo que te puedes encontrar al doblar la esquina, abiertas. Tan sólo te queda vivir el día sentado en estas terrazas de cafeterías y restaurantes o cenar durante la noche al amparo de una comida que no quieres y una cuenta excesiva.  Pero tengo que ser justo: al peligro no lo vi en ningún momento.

El día, a pesar de lo dicho, es el mejor momento para disfrutar tanto de Aviñón como de Marsella. Porque ni siquiera la segunda ciudad más grande de Francia ofrece locales donde pasar buenos ratos a la noche. Nos volvemos a encontrar con tan sólo restaurantes donde cenar. De todas formas, aunque sí hubiera una buena oferta nocturna, Marsella no es un buen lugar. Sus calles están descuidadas, sucias y muchas de ellas huelen mal. Además, el tráfico es caótico y el asfalto te hace temer por tu coche, más cuando el que conduzco es un clásico al que hay que mimar en cada momento.

Yo tampoco me voy a quejar demasiado porque encuentro en esos escenarios buenos motivos que fotografiar.

Calle transitada de Marsella y destrozada y sucia

El puerto de Marsella pudiera ser un buen lugar que visitar, los puertos siempre tienen encanto, pero durante la época en la que estuve yo (abril 2012) estaba vallado prácticamente en su totalidad. Además, ¿qué es lo que hay que ver allí: yates lujosos atracados? Pues sí, eso es lo que hay: yates lujosos esperando a sus dueños, mientras los niños pasan el rato pescando y gente como yo aprovecha la situación para probar la profundidad de campo de la Fujifilm X100.

Aquí utilicé un f8 consiguiendo que los tres planos de la escena estuvieran perfectamente enfocados, algo esencial para transmitir la historia que os acabo de contar.

Pescando en el puerto de Marsella

Otro de los lugares a los que nos acercamos fue Cassis. Un pueblo pesquero… pero qué digo… un pueblo turístico con miles de personas ocupando un mismo espacio. Antaño Cassis, a 25Km de Marsella, fue un pueblo pesquero, sí, con mucho encanto, estoy seguro, y con unas callejuelas por donde pasear fabulosas. Hoy, sigue siendo bonito. De lejos tiene una pinta estupenda.

Puerto de Cassis by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

Pero cuando te acercas, ves que en su puerto apenas quedan embarcaciones tradicionales con las que faenar y sí barcos de recreo. El puerto está tan lleno de restaurantes que resulta difícil andar por el estrecho espacio que queda para todos los paseantes, pero resulta difícil encontrar uno en el que comer pescado.

Puerto turístico en Cassis by Diego Jambrina (Elhombredemackintosh) on 500px.com

Al final, tuvimos que leer las cartas expuestas de unos 15 restaurantes hasta que dimos con Le Perroquet, donde comimos una riquísima marmite poisson, es decir, sopa de pescado, y una lubina con excelentes verduras.

Y aquí empieza lo bueno: la comida, el mar, las callejuelas desiertas, el suelo empedrado, la luz, las contraventanas, el legado romano, los barcos que vuelan… Todo ello vendrá en una segunda parte. Pero mientras llega, pongamos a caldo a la Provenza.

¿Quién empieza?